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La lengua, el decir, el sujeto: notas para una clase de facultad.

 



ENSAYO

Por Santiago Cardozo

“Observa el rebaño que pasa junto a ti: no sabe qué es hoy, qué es ayer, salta de aquí para allá, devora, reposa, dirige, vuelve a saltar y así desde la mañana hasta la noche, atado con la cuerda corta de su placer y displacer al poste del instante, por eso no siente ni melancolía ni hastío. […] Así el animal vive de modo no histórico: pues surge en el presente como un número, sin que quede ninguna fracción rara, no sabe simular, no oculta nada y aparece en cada momento enteramente como es, no puede ser sino honesto”.

Friedrich Nietzsche

 

0.

Siempre es complicado comenzar. Es, digamos, la peor parte, porque de ella dependen todos los malentendidos posteriores, aquellos que se darán por defecto y todos los otros que aparecerán por deficiencia de la exposición, de la selección de los ejemplos, etc. Además, empezar supone siempre apelar a una bagaje común que, para el caso que nos reúne aquí, la formación de la que provenimos no siempre ha proporcionado. Por ello, creo que lo más conveniente es empezar por el “principio”: Saussure.

La teoría del valor, entonces, y la lengua como sistema de diferencias y oposiciones, cosa que, creo, se olvida muy rápidamente cuando reflexionamos sobre la lengua y su empleo (el discurso, si seguimos la perspectiva de Benveniste, como haremos aquí). 

Sabemos muy bien que un signo no vale por sí mismo, sino por la relación que establece con otros signos (relaciones de diferencia y oposición) dentro del sistema de la lengua, de suerte que lo propio de cada signo y de todo el sistema es la falta, la ausencia, lo que no hay como positividad, como algo de lo que se puedan afirmar ciertas cosas. Si un signo es, pues, todo lo que los demás no son y lo que estos no reclaman como suyo en aquel, entonces, como decía, la marca propia de la lengua es la negatividad, que, como tendremos ocasión de ver más adelante, es uno de los puntos que el hablar “oculta”, pero un “ocultamiento” que es, como también veremos, necesario, irreductible, porque, de lo contrario, no podríamos siquiera hablar. Entonces, el funcionamiento de la lengua requiere un “ocultamiento”, el de la lógica que la rige: la negatividad, las relaciones diferenciales y opositivas. 

Desde luego que esto no ocurre siempre de esta manera ni tan nítidamente. Pero, para nosotros, es un comienzo, por lo demás fundamental, que seguiremos de cerca y cuyas consecuencias, pienso, nos llevarán bastante lejos. Llamemos a este “ocultamiento”, siguiendo a Sandino Núñez, pacto semántico. Como veremos luego, este pacto, además de ser necesario, es igualmente ilusorio, y pone sobre la mesa la primacía del referente como una cosa u objeto del mundo extralingüístico, así como habilita la idea de que lo metafórico sea concebido como un sentido oblicuo, desplazado respecto de un fondo base de sentido recto, literal, próximo a las cosas del mundo, digamos, al ser, un sentido a través del cual podemos llegar a las cosas, podemos tocarlas como si no existiera la mediación de la lengua.

Pero creo que nos adelantamos demasiado (esto es uno de los problemas de todo comienzo: cierta ansiedad conceptual, la propulsión, la digresión, la imposibilidad de avanzar sin realizar anotaciones que siempre se desarrollarán más adelante, que se verán luego, etc.).

1.

En estas clases, entonces, que se quieren, ante todo, teóricas, pero que, al mismo tiempo, y por ser teóricas, pretenden plantear consecuencias políticas (a la Rancière), quisiera poner sobre la mesa la tesis de que el lenguaje no es en primer lugar ni sobre todo un instrumento comunicativo. Esta tesis, como se irá viendo, no puede no ser radical, y exige, por principio, rechazar una serie de perspectivas que, de una manera u otra, terminan instrumentalizando el lenguaje y volviéndolo, en definitiva, un vehículo comunicativo de un contenido que le preexiste y que halla su forma en las palabras que están, supuestamente, a nuestra disposición y las oraciones que podemos armar con ellas. En tal sentido, hemos de ver que la gramática, al tiempo que hace visible el lenguaje en tanto se constituye como un decir sobre las formas fundamentales el decir, como una reflexión sobre cierta zona de la lengua, paradójicamente lo invisibiliza al ignorar la instancia del sujeto que habla como un sujeto escindido, sujeto del deseo y del inconsciente, y la instancia del discurso como lazo social y constitución de lo político. Y esto ocurre de este modo tanto más cuanto mayor es la formalización o matematización que realiza la lingüística formal, en sus diferentes ramificaciones actuales. 

La tarea no es sencilla, pues. Que el lenguaje no sea un instrumento nos obligará a trazar una serie de antagonismos que permitan hacer avanzar el razonamiento con vistas a argumentar qué es, entonces, esta preciosa “herramienta” que empleamos para “comunicarnos”. Y he aquí un concepto central que vamos a criticar: el concepto de comunicación, aun cuando sea pilar de esta facultad. ¿Por qué? Porque hablar de comunicación sin más, como anotaba Derrida en Márgenes de la filosofía, es plantear las cosas en términos de un desplazamiento de información de un punto a otro (la palabra “comunicación” es ella misma una metáfora, por lo que nos obliga a concebir todo ese fenómeno transparente que llamamos, precisamente, comunicación, como perteneciente a un orden de opacidad, siempre ya desplazado con relación a lo que podríamos llamar una acepción estrictamente lingüística del término en cuestión). ¿Qué se desplazaría, entonces, de un polo al otro de la máquina comunicativa, en el “marco” del imaginario que domina el uso del lenguaje? ¿Cuáles son estos polos? 

En principio, podemos señalar que estos polos no son otros que el hablante y el oyente (los interlocutores), que, para el caso, es preferible llamar emisor y receptor, para mantener cierta fidelidad con la comunicación como una maquinaria puesta en funcionamiento, aunque se trate de dos términos a los que vamos a oponernos sin medias tintas. Y lo que circula entre un polo de la máquina comunicativa y el otro es lo que solemos llamar mensaje, contenido, información, algo como una sustancia susceptible de ser traspasada entre individuos que se codifica en una forma lingüística que el otro es capaz de comprender en plenitud. Aquí llegamos, pues, a una equivalencia fundamental: la comunicación, así considerada, implica plenitud, convergencia entre los interlocutores precisamente en el espacio común que conforma la comunicación, allí donde gobierna la transparencia, la aproblematicidad; la comunicación es el reino del referente y de las intenciones y estrategias comunicativas, del dominio del lenguaje como instrumento para expresar lo que tenemos en nuestro “interior” y ponerlo en un “exterior” de palabras, es el dominio franco de las intenciones del que dice algo y cree coagular en ello la forma misma de sus intenciones, “reflejadas” luego en la materia verbal que confecciona a partir de lo que le ofrece la lengua y en lo que el otro interpreta o puede interpretar, momento en el cual ocurre, como decía John Searle, el éxito comunicativo, expresión paradigmática de la eficacia económica de las “leyes” que gobiernan los intercambios.  

Para llevar adelante la tarea propuesta, realizaremos algunas relecturas de Saussure a la luz de la Biblia, de Benveniste, en particular en su conexión con Giorgio Agamben (Agamben ha hecho una finísima lectura de Benveniste), con Sandino Núñez y, en menor medida, con Paolo Virno.

2.

Entonces, en el principio fue el malentendido:

“El malentendido. ¿Qué se espera de estas charlas, de este tema, de la serie de problemas que vamos a plantear? Este es ya el primer y principal malentendido, y el malentendido constitutivo que irremediablemente nos separa, pues mi decir (y esto es, hasta cierto punto, bueno, y, por lo demás necesario) será interpretado inadecuadamente, como corresponde que suceda. Jacques-Alain Miller lo dice así: ‘Generalmente se comprende a la persona ya antes de comenzar a hablar, y allí está el malentendido, la pre-comprensión’” (Elucidación de Lacan. Charlas brasileñas, 1998, p. 32). 

Tengo que decirles que, inevitable e invariablemente, estamos atravesados por el equívoco, porque este es una figura del lenguaje que funda al propio lenguaje, que lo estructura por dentro, a lo largo y a lo ancho. Un ejemplo podría servir para intuir qué es el equívoco, cómo opera en la comunicación, un ejemplo, por lo demás, relativamente sencillo que, vale decir, no capta toda la problemática en torno de esta figura del daño de lo real en lo imaginario. El ejemplo, absolutamente trivial por otra parte,  es el siguiente: en cierta ocasión, pedí en la cafetería de la facultad un agua natural. El pedido desconcertó al estudiante que me atendía. Pensativo, parecía no dar con aquello que yo le había solicitado. ¿Un agua natural? ¿Cómo podía pedir un agua natural si todas las aguas son naturales? Y, sin embargo, ahí estaba yo, casi de un modo impertinente, pidiendo un agua natural. 

Como se puede entender, mi pedido apuntaba a un agua a temperatura ambiente, es decir, que no estuviera en la heladera. Eso es lo que comúnmente se conoce como una bebida “natural”, en oposición a “fría”. La equivocidad del signo “natural”, sin embargo, había puesto en cortocircuito la breve comunicación que se había establecido entre el estudiante y yo. Y este cortocircuito, en cierto modo, no podía evitarse, por cuanto, y a pesar del uso común de “natural” como signo opuesto a “fría” para calificar las bebidas, “natural” no dejaba de presentar cierto exceso de sentido incompatible con un líquido como el agua. La equivocidad estaba en la lengua misma; el colimador, como decía Jacques Lacan en el Seminario 20, no estaba funcionando, o por lo menos no iba a funcionar en algún momento, incluso apelando al contexto como garantía última de la interpretación de los enunciados, un contexto que, como “lugar de determinación última” del sentido, se deshacía por los efectos del propio equívoco. Algo falló, y falló porque la falla ya estaba ahí, es estructural, vale decir, porque es constitutiva del lenguaje; porque, a fin de cuentas, no hay escribano en el mundo que, por estupendo que sea, pueda asegurar cómo va a ser interpretado un enunciado cualquiera, cuáles van a ser los mil vericuetos en los que el enunciado se va a articular con la “recepción” del oyente.   

La sorpresa de mi interlocutor solo pudo haber sido posible si reposaba sobre la ilusión de transparencia referencial, según la cual las palabras envían inequívocamente a las cosas del mundo. Y, no obstante, “natural” hacía que la ilusión se viviera como ilusión, que se desvaneciera, y que trastabillara ese “espacio común” –en el que convergen los interlocutores– que llamamos comunicación. 

Cito de nuevo a Miller:

“[…] el Otro es el gran Otro (A) del lenguaje, que está siempre ‘ya allí’. Es el Otro del discurso universal, de todo lo que ha sido dicho en la medida en que es pensable. Diría también que es el Otro de la biblioteca de Borges, de la biblioteca total. Es también el Otro de la verdad, ese Otro que es un tercero respecto a todo diálogo, porque en el diálogo entre el uno y el otro siempre está lo que funciona como referencia tanto del acuerdo como del desacuerdo; el Otro del pacto como el Otro de la controversia. Todo el mundo sabe que hay que estar de acuerdo para poder tener una controversia, y esto es lo que hace que los diálogos sean tan difíciles. Hay que estar de acuerdo en algunos puntos fundamentales para poder escucharse. Al respecto, es ese Otro de la buena fe supuesto a partir del momento en que se escucha a alguien, supuesto también a partir del momento en que se habla a alguien. Es el Otro de la palabra, que es el alocutor fundamental, la dirección del discurso más allá de aquel a quien se dirige” (Seminarios en Caracas y Bogotá, 2015, p. 118). 

El acuerdo del que habla Miller es también el suelo ilusorio de pertenecer a ese “espacio común” que permite la comunicación y que, sin embargo, todo el tiempo está deshilachándose, fallando, descomponiéndose a nuestras espaldas o delante de nuestros ojos, sin que lo percibamos. En este contexto es en el que debe comprenderse la idea de que el hablante no es amo y señor de su decir, como si fuera capaz de calcular previamente qué efectos de sentido va a producir su discurso y cómo va a resultar interpretado. Miller una última vez: 

“El sujeto, el sujeto que habla, no es amo y señor de lo que dice. En cuanto habla, en cuanto piensa que utiliza la lengua, en realidad es la lengua quien lo utiliza a él; en cuanto habla, siempre dice más de lo que quiere; y al mismo tiempo, siempre dice otra cosa” (Seminarios…, p. 133).

Por todo lo antedicho, debemos concluir que el lenguaje no es, ante todo, una facultad innata del humano, como dicen atinadamente ciertos lingüistas (por supuesto que lo es, pero con ello no decimos mucho, no avanzamos en la comprensión del lenguaje y su funcionamiento, por lo menos en cuanto a la tesis que quiero defender aquí). Es, vamos a decirlo sin ambages y sin recelo, fundamentalmente, la estructura misma de la realidad, apoyada sobre una inconsistencia interna (una vacío o agujero) que nunca puede ser llenado y que, precisamente por no poder ser llenado nunca, tenemos lenguaje, lo que equivale a decir interpretación, crítica, sentido o sujeto. Sobre este problema, además, se sostiene la dimensión ética y política de la vida en común, a diferencia de lo que ocurre con la comunicación, cuya lógica de funcionamiento da




 

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como resultado una máquina en plenitud, a la que no le falta ni le sobra nada, aunque pueda recalentarse en alguna de sus partes y requiera atención mecánica. En la comunicación no hay sino retóricas más o menos eficaces, nunca ética ni política, porque su problema es el de la información y la informatividad, no el del sentido y la significación. 

Entonces, veremos, todos monologan, como decía Lacan, refiriéndose al hecho de que el diálogo se da bajo la forma del malentendido, del equívoco; en la forma de la distancia irreductible entre los interlocutores, pero también de las palabras con la realidad y no menos de las palabras consigo mismas, a partir de figuras como “p en el sentido de y” o “h en todos los sentidos de la palabra”, y del discurso consigo mismo, mediante casos del tipo “p, como decía mi abuela”, para poner ejemplos de lo que Jacqueline Authier-Revuz denominó heterogeneidad mostrada (téngase en cuenta que estos ejemplos apenas ilustran un tipo de fenómeno que se ve en la propia superficie del texto, pero que, de ninguna manera, reduce el problema que estamos planteando, que puede tener o tiene lugar de mil formas diferentes).  

Los enunciados de la comunicación apuntan a una transparencia comunicativa como si esta fuera el alfa y el omega de las relaciones humanas, desconociendo que, por más esfuerzos que uno haga para producir transparencia, coincidencias, por ejemplo, entre las palabras y las cosas, el lenguaje mismo es esa opacidad que nunca da en el blanco, que nos obliga a reformularnos, a mantenernos en la duda permanente acerca de si el otro está entendiendo lo que le decimos o si, por el contrario, se perdió hace rato. 

3.

Escribió el lingüista francés Émile Benveniste: 

“En realidad, la comparación del lenguaje con un instrumento –y con un instrumento material ha de ser, por cierto, para que la comparación sea sencillamente inteligible– debe hacernos desconfiar mucho, como cualquier noción simplista acerca del lenguaje. Hablar de instrumento es oponer hombre y naturaleza. El pico, la flecha, la rueda no están en la naturaleza. Son fabricaciones. El lenguaje está en la naturaleza del hombre, que no lo ha fabricado. […] Nunca llegamos al hombre separado del lenguaje ni jamás lo vemos inventarlo. Nunca alcanzamos al hombre reducido a sí mismo, ingeniándose para concebir la existencia del otro. Es un hombre hablante el que encontramos en el mundo, un hombre hablando a otro, y el lenguaje enseña la definición misma del hombre” (Problemas de lingüística general I, 1997, p. 180).

Lenguaje versus comunicación: he aquí, en buena medida, la clave de todo este asunto, si estamos dispuestos a asumir las consecuencias teóricas y prácticas de aquella oposición, una oposición no es solo retórica (en el sentido de querer llamar la atención), sino también profundamente conceptual, y que tiene por objetivo socavar las bases mismas de lo que se opera con la invisibilización de la lengua, que es, ya lo veremos más adelante, sobre todo, un fenómeno de insensibilización. Es decir, me propongo deliberadamente ir en contra de la idea instrumental del lenguaje, idea que, por lo demás, domina ampliamente en los diferentes “sectores” de esta facultad. 

Para empezar, pues, hagamos funcionar un ritual, la lectura de la Biblia, y luego veamos una serie de citas que me parecen pueden sintetizar el “espíritu” del curso, el carácter corrosivo que me gustaría imprimirle, pese a lo cual dependo enteramente de ustedes, esto es, de su deseo y de su angustia, que constituyen el motor que mueve la corrosión detrás de la cual van estas clases, las palabras que les pueda arrojar sobre sus cuerpos. 

[Lectura de la Biblia: “Génesis”]

Varias son las enseñanzas del texto bíblico, una de las cuales tiene que ver con lo que escribe Lacan promediando la década de los cincuenta:

“El sistema del lenguaje, cualquiera sea el punto en que lo tomen, jamás culmina en un índice directamente dirigido hacia un punto de la realidad, la realidad está toda cubierta por el conjunto de la red del lenguaje” (Lacan, El seminario de Jacques Lacan. Libro 3: Las psicosis, 1955-1956…, 2011, p. 51).

A la vez, en directa consonancia con las palabras del “Génesis”, donde nos topamos con el primer saussureano de la historia: Dios, dirijamos la mirada hacia lo que dice Sandino Núñez, cuya perspectiva no podemos pasar por alto, mucho menos en estas geografías levemente onduladas:

“La orden parece entonces un paradójico modo de reconocimiento de la semejanza del otro, y un forzamiento de su dimensión político-significante. […] Solamente la orden podría empujarnos entonces a ser sujetos, sólo la orden tiene esa potencia subjetivante, pues por una especie de paradoja retroactiva una orden es aquello que sólo puede ser dado por un sujeto a otro sujeto: ¡habla!¡significa! […]” (“Irrealis”, en El animal letrado, 2016, p. 51).

La realidad no existe como orden de cosas indicado, atestiguado sin más: esta es, mal que nos pese, la conclusión, de tenor hegeliano (todo es siempre ya mediación; nada de lo que podemos decir que existe es otra cosa que mediación).Pero ¿qué tan atrevidos y faltos de sentido común tenemos que estar para afirmar esa locura, llegado el caso, esa estupidez? 

Cierta vez, caminando por la rambla de Montevideo, escucho a una madre que, mientras conversaba con su hijo de no más de cinco años, mirando hacia el Río de la Plata y con pasmosa actitud, sin más le arrojó a su niño que eso que estaba ahí, eso que él veía (el agua marrón del río, la masa acuática por la que nos fundaron la patria), era el límite entre Uruguay y Argentina. Hecha a un lado la imprecisión geográfica, se imponen algunas preguntas: ¿de dónde proviene esa noción de límite?, ¿la idea de límite ya estaba ahí, en la cosa misma, en la cosa en sí (el río), de modo que solo bastaba con mirar fijamente y saber un poco de geografía nacional y de América del Sur? La tesis manejada es radical: la idea de límite solo puede provenir de la compleja organización racional del lenguaje, el que, al introducir discontinuidad sobre el fondo de continuidad necesariamente presupuesta, hace aparece el límite y, con él, ipso facto, o retroactivamente, como un nudo imposible de desanudar, el río-como-límite, esto es, la forma de nuestros sentidos (como percepción y significado, sentidos de “sentidos” que resulta difícil e inconveniente separar). 

4.

Recordemos el ejemplo que daba acerca del pedido de un agua natural. ¿De dónde pudo haber provenido la estupefacción del estudiante que atendía la cantina de la facultad? ¿Por qué, ante un ejemplo tan banal, tan aparentemente sin importancia, por completo marginal, el estudiante dudó de lo que le estaba pidiendo? Por supuesto que la explicación por la vía de la polisemia es posible, pero se pasaría por alto el verdadero punto de la cuestión, a saber: la naturaleza enteramente negativa del lenguaje y, con esta, por qué hay polisemia en lugar de no polisemia, más allá de las explicaciones diacrónicas que ha proporcionado, por ejemplo, la semántica.

En efecto, como sabemos –así lo mostro magistralmente Ferdinand de Saussure–, un signo lingüístico es todo lo que los demás no son. ¿Pero cuál es el alcance de esta afirmación? En cuanto al significado de la palabra “natural”, debemos decir que no hay nada en ella misma que nos diga qué significa (por más que los diccionarios nos ofrezcan amablemente esta ilusión): “natural” asume sus sentidos en virtud de las diferencias y las oposiciones que establece, por ejemplo, con “artificial”, término que, a su vez, no tiene un significado en sí mismo, y todo esto dentro de una estructura o sistema que los contiene y los define: la lengua. Entonces, el significado de “natural” está compuesto sobre todo por lo que le falta, por todo aquello que “artificial” no reclama como propio, pero que tampoco lo hace “natural”. De esta manera, se comprenderá que su posición en el sistema está apoyada en una falta en común, en una carencia, un vacío, de suerte que un signo es la negación de los otros y, llegado el caso, de sí mismo a través de los otros, en el sentido de que él mismo, por él mismo, no posee un significado “propio”. Digamos, pues, que el significado de un signo es, en cierto modo, “dialógico” (en rigor, relacional), si por esto se entiende la presencia de lo ajeno en lo propio, que no es otra cosa que la falta que lo propio no puede llenar. 

Así, este espacio de negatividad pura que articula la relación sígnica (cuya ecuación básica es S1-S2) muestra cómo las palabras no señalan cosas del mundo, de la misma manera que su estructura fundamental gira en torno de un vacío constitutivo: la barra que separa-une (articula necesariamente) el significante y el significado. De este modo, es posible intuir por qué podemos hablar de sentido, de interpretación, de crítica; por qué el lenguaje no es una máquina cerrada, susceptible de ser reducida a un circuito comunicativo, sino que, por el contrario, desborda permanentemente la comunicación, la pone en jaque, la fisura, introduciendo un hiato insalvable en el orden imaginario. Incluso, podemos pensar la relación sígnica en términos dialécticos: el significado es la tesis, el significante es la antítesis y la barra que los separa-une es la síntesis, que solo puede provenir de uno de los dos polos de la oposición, siempre ya desdoblado como superación, para el caso, el propio significante.     

Este desconcierto se agrava cuando se introduce la idea de que el significado es siempre retroactivo, que se produce hacia atrás. En efecto, el sentido de un enunciado no está dado hasta que llegamos a su final y resignificamos todo lo anterior precisamente a partir del final. Podemos ir haciéndonos una idea, una imagen de por dónde va la cosa, hacia dónde apunta, pero nunca entendemos lo dicho hasta que miramos hacia atrás lo expresado a partir del punto final del acto de enunciar o de un adelantamiento para imaginarnos ese final y, desde ahí, ir dotando de sentido lo que estamos escuchando. Y en este fenómeno radica, precisamente, el malentendido: en adelantarnos, en calcular el sentido, de modo que ya quedamos atrapados en la red del equívoco que sustenta todo el funcionamiento del lenguaje. La expectativa ante un enunciado es, entonces, la prueba definitiva de que todo se apoya en el malentendido, aun cuando parte de este juego o de esta temporalidad contenga la idea de intención del hablante como un “lugar” al que se pudiera acudir para encontrar, ulteriormente, la verdad de lo dicho y de sus efectos de sentido producidos por la escucha o la lectura.  

Entonces, preguntábamos, ¿de dónde proviene la estupefacción del estudiante ante mi pedido de un agua natural? Muy simple: de la angustia, de esa angustia que adviene frente la naturaleza negativa del lenguaje, que desestabiliza cualquier imaginario de “posesión de significado”; la angustia procedente del hiato irreductible instalado en el seno mismo del lenguaje, de la fisura de la positividad de los signos y sus significados (las palabras tienen un significado aprehensible, por ejemplo, en un diccionario; las palabras nos remiten a objetos del mundo, que ya están ahí desde siempre); procedente de la intuición de que el lenguaje se apoya en una nada, en un vacío cuyo relleno es imposible. 

Con esto, en suma, vamos contra la comunicación, pero, paralelamente, ignoro las probabilidades de éxito. En este sentido, para ir contra la comunicación, nadie mejor que Aristóteles cuando distingue en su Política entre la voz y la palabra o entre la phoné y el logos (lenguaje). Estas distinciones son centrales y constitutivas del funcionamiento del lenguaje. Tales distinciones son, ante todo, de naturaleza ético-política y no pragmática, como lo plantea, por ejemplo, la teoría del chismorreo, que ustedes han podido leer en Harari. La postura de Aristóteles me parece mucho más compleja y sofisticada que la idea de que el lenguaje aparece por ciertas necesidades prácticas vinculadas a la función de contacto, aunque este fenómeno constituya una hipótesis posible.  

Intenciones, estrategias, deseos, en fin, todo un vocabulario de la estabilidad, del juego incesante entre un querer decir y un decir concretado, ajustado a lo que “está antes”, el interior del que emanan esas intenciones con arreglo a las cuales supuestamente usamos el lenguaje y lo acomodamos a nuestros antojos, como si se tratara de un mero instrumento de comunicación, tal y como se lo concibe mayormente por estos pasillos, salones y despachos, por más que se diga y ustedes oigan lo contrario. 

5.

Sepan disculpar la violencia del planteo general que estoy haciendo, pero, tratándose de un curso que tiene como objetivo número uno des-instrumentalizar el lenguaje, no cabe otra opción que ser tajante, dejando el espacio necesario para argumentar diversamente y de forma matizada en el sentido abierto por las afirmaciones taxativas efectuadas y que vayamos a efectuar. 




 

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